Jessi se apoyó contra la encimera y cruzó los brazos.
—No lo hice sola porque quisiera, Ivan. Lo hice porque pensé que habías cerrado nuestra puerta para siempre. Cuando aquella carta volvió con la letra de tu madre en la parte de atrás, algo dentro de mí simplemente… se apagó. Me dije que, si un hombre era capaz de darle la espalda a su propio hijo antes de nacer, yo tendría que ser lo bastante fuerte por los dos.
La culpa de aquel momento cayó sobre mi pecho como un yunque.
—Pasaré el resto de mi vida intentando compensar lo que hizo mi madre —dije con la voz cargada de emoción—. Y pasaré cada día ganándome de nuevo tu confianza. No te estoy pidiendo que me perdones hoy, Jessi. Tampoco estoy pidiendo que recuperemos de golpe la vida que perdimos hace siete años. Solo te estoy pidiendo la oportunidad de ser el padre de Leo.
Jessi me miró durante un largo momento.
La luz del sol se reflejaba en algunos mechones plateados que habían aparecido en su cabello y destacaba aquella serenidad que había construido después de siete años soportándolo todo sola.
—No tienes que ganarte el derecho a ser su padre, Ivan —dijo en voz baja—. Ya eres su padre. Lo que tienes que ganarte es su confianza. Y la mía. Tienes que demostrar que no vas a desaparecer en cuanto las cosas se vuelvan difíciles o complicadas.
—Ya no estoy en servicio activo —le aseguré dando un paso hacia ella, sin apartar la mirada—. Firmé mis papeles definitivos de retiro hace dos meses. He aceptado un trabajo civil de consultoría a pocos kilómetros de aquí. No voy a marcharme de esta ciudad otra vez.