Familiar.
Dolorosa.
Y, al mismo tiempo, increíblemente cálida.
Leo levantó dos piezas azules de plástico y me miró con los ojos muy abiertos.
—¿Ivan? ¿Puedes ayudarme a hacer la torre? Mamá dice que se cae porque la parte de abajo es demasiado estrecha.
Dejé la taza sobre la encimera de granito, me acerqué y me arrodillé junto a su pequeña silla sobre el suelo de madera.
—Tu madre tiene razón —dije mientras sacaba de la caja una base verde más ancha—. Si quieres construir algo alto que pueda resistir una tormenta, primero necesitas una base ancha y fuerte. Si no, en cuanto pese demasiado arriba, todo se viene abajo.
Leo inclinó la cabeza y procesó aquella explicación con esa expresión intensa y concentrada que pertenecía por completo al lado de mi padre de la familia.
—¿Como un rascacielos de verdad?
—Exactamente como un rascacielos de verdad —respondí sonriendo.
Desde la encimera, Jessi nos observaba en silencio.
En sus ojos verdes había una emoción suave y difícil de descifrar.
Parte era dolor por los años que habíamos perdido.
Y parte era aquella esperanza frágil y cautelosa de una madre viendo cómo su hijo empezaba a conectar con el padre al que nunca había conocido.
Cuando Leo terminó las rodajas de manzana y salió corriendo hacia el salón para probar su nueva técnica de construcción sobre la alfombra, Jessi dejó el cuchillo y se secó las manos con un paño.
—Le caes bien —dijo suavemente, casi en un susurro.
—Es un niño increíble, Jessi —respondí mientras me ponía de pie frente a ella—. Lo has criado de maravilla. Lo hiciste todo tú sola mientras yo estaba por ahí jugando a ser soldado y escondiéndome detrás de mi orgullo herido.