Siete años después de nuestro divorcio, fui a casa de mi exmujer en Nochebuena con la intención de pedirle perdón y admitir por fin que me había equivocado con ella.

Había rechazado todos y cada uno de sus intentos de explicarme aquella fotografía inocente con Luca Vance, había cambiado mis números de contacto y había dejado a mi madre con control absoluto sobre el correo que llegaba a mi antigua dirección.

Leo seguía junto al árbol de Navidad, examinando con cuidado su estrella de madera.

No podía escuchar nuestra conversación en voz baja, pero Jessi cerró la caja y me pidió suavemente que me marchara antes de que el niño se diera cuenta de lo alterados que estábamos los dos.

Yo quería quedarme.

Quería sentarme en el suelo, abrazar a mi hijo y recuperar de golpe siete años perdidos.

Pero no lo hice.

Le di las gracias a Leo por la galleta de jengibre, no prometí nada que Jessi no me hubiera permitido prometer y volví a salir bajo la nieve.

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