Mi liquidación sería buena.
Podíamos reducir gastos.
Y ya había recibido dos mensajes de empresas competidoras.
No estaba tranquilo.
Pero tampoco estaba desesperado.
En el camino compré tacos árabes del restaurante favorito de Laura y un pastelito de pistache que siempre decía que no quería antes de terminar comiéndose la mitad.
Llegué a casa poco después de las seis.
Laura estaba en el comedor.
—Llegaste temprano.
—Sí.
Miró las bolsas.
—¿Pasó algo?
Me senté.
—Van a cerrar Nexora Querétaro.
Frunció el ceño.
—¿Cerrar?
—Toda la oficina.
—¿Y tú?
—Mi puesto desaparece también.
Laura permaneció inmóvil.
—¿Te corrieron?
—No exactamente.
—Daniel, ¿mañana tienes trabajo?
—No.
Entonces sí.
—No tengo trabajo.
Vi cómo cambiaba su expresión.
Extendí la mano.
—Tenemos margen.
Ella no tomó mi mano.
Fue un movimiento mínimo.
Pero lo noté.
—¿Cuánto margen?
—Tenemos ahorros para varios meses.
—¿Cuántos?
—Depende de cuánto reduzcamos gastos.
Se levantó.
—¿Y la hipoteca?
—Está cubierta.
—¿Durante cuánto tiempo?
—Laura…
—Pregunto en serio.
—Y yo te estoy respondiendo.
—Tengo indemnización, ahorro de emergencia y contactos.
—¿Y después?
—Conseguiré otro trabajo.
—No puedes saberlo.
—Claro que no.
—Pero llevo quince años trabajando en esto.
Comenzó a caminar.
—¿Cuántos perdieron el empleo?
—Casi toda la oficina.
—Entonces todos van a buscar trabajo al mismo tiempo.
—Algunos sí.
—Daniel, la mensualidad de esta casa es enorme.
—Podemos pagarla.
—¿Por cuánto?
La miré.
—Estás hablando como si mañana fueran a cortar la luz.
—Perdiste el ingreso principal.
—Perdí un empleo.
—No perdí mi experiencia.
Ella se cruzó de brazos.
Entonces dijo algo extraño.
—Esto era exactamente lo que me daba miedo.
—¿Qué cosa?
—Nada.
—No.
—¿Qué te daba miedo?
Laura caminó hacia la recámara.