“No conviertas todo en una despedida”.
Miró por la ventana.
“A veces hay que practicar las despedidas”.
Tragué saliva con dificultad y cambié de tema.
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Hablaba como si ya se estuviera yendo.
En casa, Zion no paraba de darme las gracias.
“No sé qué haría sin ti”, solía decir.
A veces parecía sentirse culpable al decirlo. Pensaba que se sentía mal por dejarme a mí gran parte del cuidado de su madre.
No tenía ni idea de por qué se sentía realmente culpable.
Lo descubrí antes de lo que él esperaba.
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Parecía culpable cuando lo decía.
Una tarde, me fui de casa de Valerie antes de lo previsto porque ella quería dormir.
Cuando llegué a mi entrada, el auto de Zion estaba allí.
Se suponía que no tenía que estar en casa.
Recuerdo que incluso sonreí porque pensé que quizá me había dado una sorpresa.
Entonces abrí la puerta principal y oí reír a mi hermana.
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Se suponía que no iba a estar en casa.
Me dirigí al salón.
Y lo que vi allí me dejó helada.
Nadia estaba en brazos de Zion.
Ninguno de los dos se dio cuenta de que estaba ahí.
Ella le acarició la cara.
Entonces él la besó.
Lo que vi allí me dejó helada.
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La mano de él le subió por la espalda y ella se acurrucó contra él como si lo hubiera hecho mil veces.
No recuerdo haber decidido hablar.
“¿Cuánto tiempo?”.
Nadia se apartó de un tirón.
Zion se giró tan rápido que se dio un golpe contra la mesita de centro.
Ella se apoyó en él
“¿Qué haces en casa?”.
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De todas las cosas que podría haber dicho, esa fue la que eligió.