La abuela soltó una risa seca y sin humor.
—Hoy, durante la comida, tu madre me dijo que íbamos a parar en un sitio con un jardín precioso. Me llevaron hasta esa residencia, no terminaron ni los documentos de ingreso y desaparecieron.
Mi teléfono vibró.
Papá.
La abuela alargó la mano y dejó el móvil boca abajo sobre la consola.
—Primero el juzgado —repitió—. Después el banco. Y luego hay otro sitio.
—¿Cuál?
Me miró directamente a los ojos.
—Mi casa.
Tragué saliva.
—¿Por qué?
—Porque si han hecho lo que creo que han hecho, tus padres no se limitaron a abandonarme allí hoy.
Metió la mano dentro del abrigo y sacó un pequeño sobre.
En la parte delantera, escrito con la letra de mi abuelo, había dos palabras:
ESCRITURA DE LA CASA.
—Lo escondí antes de que vinieran a recogerme —dijo—. Quería saber si intentarían buscarlo.
Bajó la voz.
—Querían quitarme de en medio.