Ellos amaban a su padre.
Y yo sabía que si retiraba mi consentimiento únicamente para castigarlo, posiblemente viviría preguntándome durante años si había actuado desde la rabia.
Mi hermana preguntó:
—¿Entonces vas a fingir que no sabes nada?
—Hasta la operación.
—Estás loca.
—Puede ser.
—¿Y después?
La miré.
—Después él va a descubrir que no soy la mujer que cree.
Fue entonces cuando comencé a organizar todo.
La casa donde vivíamos era mía.
Mi madre la había comprado muchos años antes.
Cuando murió, me la dejó.
Andrés y yo habíamos vivido allí casi todo nuestro matrimonio, pero la propiedad permaneció a mi nombre.
Años atrás, una empresa de construcción había intentado comprármela porque varios terrenos de aquella zona iban a convertirse en un nuevo proyecto.
Siempre dije que no.