Le Dio Un Riñón A Su Esposo Y Él Volvió A Una Casa Que Ya No Existía

Me dejaron clarísimo algo fundamental:

Yo podía retirarme del proceso.

Era mi cuerpo.

Mi decisión.

No tenía que justificarla ante nadie.

Salí de aquella conversación sintiendo que por primera vez en días podía respirar.

Y aun así decidí continuar.

Hasta hoy algunas personas no lo entienden.

Mi hermana tampoco.

Cuando finalmente le conté, gritó:

—¡No puedes darle un riñón después de leer eso!

—Sí puedo.

—¿Por qué?

Yo tampoco encontraba una respuesta sencilla.

No lo hacía para salvar nuestro matrimonio.

Ese matrimonio había terminado en el instante en que leí los mensajes.

Tampoco lo hacía porque Andrés lo mereciera.

No quería decidir quién merecía vivir utilizando una parte de mi cuerpo como castigo.

Había pasado meses tomando aquella decisión siendo plenamente consciente de sus implicaciones médicas.

Sabía que, independientemente de lo que hubiera hecho como esposo, existían nuestros hijos.

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