No decía:
“No quiero lastimarla antes de la cirugía.”
No decía:
“Estoy confundido.”
Decía:
“Ella es mi mejor oportunidad.”
Yo.
Su esposa durante veintisiete años.
La madre de sus hijos.
Me había convertido en una oportunidad.
Cerré la computadora.
Fui al baño.
Vomité.
Después me miré al espejo.
Esperaba ver una mujer furiosa.
Vi una mujer aterrorizada.
Porque la pregunta que apareció inmediatamente fue terrible:
¿Todavía voy a darle mi riñón?
Durante dos días no dije nada.
Andrés notó que estaba extraña.
—¿Estás nerviosa?
—Sí.
—Podemos detener esto.
Lo miré.
—¿De verdad?
—Elena, jamás quiero que sientas que tienes que hacerlo.
Pensé en Gabriela.
En sus mensajes.
En sus planes.
—¿Y qué harías si yo digo que no?
—Esperar otro donante.
La respuesta era correcta.
Pero no sabía si podía creer en algo que saliera de su boca.
Pedí hablar a solas con parte del equipo médico.
No les conté todos los detalles de la infidelidad.
Solo expliqué que habían surgido circunstancias personales y necesitaba revisar mi decisión.
Me dejaron clarísimo algo fundamental:
Yo podía retirarme del proceso.
Era mi cuerpo.
Mi decisión.
No tenía que justificarla ante nadie.
Salí de aquella conversación sintiendo que por primera vez en días podía respirar.
Y aun así decidí continuar.
Hasta hoy algunas personas no lo entienden.
Mi hermana tampoco.
Cuando finalmente le conté, gritó:
—¡No puedes darle un riñón después de leer eso!
—Sí puedo.
—¿Por qué?
Yo tampoco encontraba una respuesta sencilla.
No lo hacía para salvar nuestro matrimonio.
Ese matrimonio había terminado en el instante en que leí los mensajes.
Tampoco lo hacía porque Andrés lo mereciera.