Le Dio Un Riñón A Su Esposo Y Él Volvió A Una Casa Que Ya No Existía

Los análisis empeoraron.

Llegaron más consultas.

Finalmente escuchamos las palabras que cambiaron todo.

Insuficiencia renal avanzada.

El tratamiento consiguió estabilizarlo durante un tiempo, pero eventualmente necesitaría un trasplante.

Yo estaba sentada a su lado cuando el médico lo explicó.

Andrés me tomó la mano.

—Vamos a salir de esta.

Yo respondí:

—Claro que sí.

Y lo creía.

Comenzamos a investigar quién podía ser donante.

Nuestros hijos se ofrecieron inmediatamente.

Yo me negué.

—Primero yo.

—Mamá, tienes cincuenta y siete años —dijo nuestra hija Paula.

—Y estoy sana.

—Pero…

—Es mi esposo.

Andrés no quería.

Al menos eso dijo.

—No voy a permitir que te arriesgues por mí.

—No eres tú quien decide.

Después de numerosas pruebas ocurrió algo que interpretamos como una bendición.

Yo podía ser considerada para la donación.

Todavía faltaban estudios.

Evaluaciones.

Compatibilidad.

Análisis médicos y psicológicos.

Pero existía una posibilidad real.

Andrés lloró cuando se lo dijeron.

Me abrazó.

—No puedo aceptar esto.

—Sí puedes.

—¿Y si te pasa algo?

—También podría pasarme algo mañana cruzando una calle.

—Elena.

—Quiero hacerlo.

Lo decía en serio.

No me obligó.

No me presionó.

La decisión fue mía.

Y eso es importante para entender lo que ocurrió después.

Durante los meses siguientes, nuestra vida giró alrededor del trasplante.

Dietas.

Medicamentos.

Exámenes.

Consultas.

Yo organizaba todo.

Tenía una carpeta llena de documentos.

Una noche, aproximadamente tres semanas antes de la cirugía, necesitaba imprimir unos resultados que Andrés había recibido por correo.

Su computadora estaba sobre la mesa.

Él dormía.

Me había dado su contraseña hacía años.

Entré.

Abrí el correo.

Encontré los análisis.

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