Andrés comenzó a llorar.
—Tenía miedo.
—Yo también.
—Pensé que si te decía la verdad retirarías la donación.
—Podía haberlo hecho.
—Lo sé.
—Y aun así continué.
Me miró.
—Nunca entenderé por qué.
Respondí:
—Porque darte un riñón y seguir siendo tu esposa eran dos decisiones diferentes.
Aquella frase lo dejó callado.
Yo había tardado semanas en entenderla.
Amar a alguien durante décadas no desaparece automáticamente cuando descubres una traición.
El enojo tampoco borra todos los cuidados anteriores.
Podía estar profundamente decepcionada con él y aun así no querer verlo morir.
Pero salvar su vida no significaba permitirle continuar ocupando la mía.
Andrés preguntó:
—¿Hay alguna posibilidad para nosotros?
—No.
—¿Por Gabriela?
—Por ti.
—Terminé con ella.
Eso me sorprendió.
—¿Cuándo?
—Cuando recibí tu carta.
Me reí con tristeza.
—Entonces tampoco era un gran amor.