Llegó a aquella frase.
“Ella es mi mejor oportunidad de conseguir el trasplante.”
Paula comenzó a llorar.
—Papá escribió esto.
—Sí.
—¿Antes de que tú le dieras el riñón?
—Sí.
—¿Por qué lo hiciste?
Esa pregunta aparecería muchas veces.
—Porque mi decisión sobre quién quiero ser no podía depender completamente de quién decidió ser él.
Mi hijo Marcos tardó más en entenderlo.
—Yo habría cancelado todo.
—Y habrías tenido derecho.
—Mamá…
—Yo también tenía derecho a cancelarlo.
—Entonces ¿por qué no?
—Porque no quería que durante los próximos treinta años mi peor recuerdo fuera preguntarme si dejé que la rabia decidiera por mí.
Ninguno volvió a discutirlo.
Ayudaron con la mudanza.
Compré un apartamento más pequeño en otra zona.
Dos habitaciones.
Un balcón.
Mucha luz.
Era la primera vivienda que elegía pensando únicamente en mí desde que tenía treinta años.
Los objetos de Andrés fueron enviados a un almacén.
Pagué varios meses por adelantado.
Sus documentos personales quedaron organizados.
Su hermana aceptó recibirlo después del alta mientras él buscaba dónde vivir.
También inicié el proceso de divorcio.
Entonces llegó la demolición.
No fui.
Pensaba que no podría soportarlo.
Mi hijo sí.
Me envió una fotografía del terreno cuando terminaron.
Lloré durante horas.
No por Andrés.
Por mis hijos pequeños que ya no existían.
Por mi madre.
Por mi padre.
Por la mujer de treinta años que había entrado allí convencida de que sabía exactamente cómo sería el resto de su vida.
Guardé la foto.
Después coloqué la tabla con las marcas de altura en mi nuevo apartamento.
Seis semanas después de la cirugía, Andrés salió del centro donde estaba completando parte de su recuperación.