Después vendí la casa.
No para vengarme.
Sino porque entendí que mantener aquellas paredes en pie no iba a mantener nuestro matrimonio vivo.
Y aquella frase que escribí en la carta continúa siendo la mejor manera de explicar todo:
“Te di un riñón porque no quería que murieras. Pero nunca prometí morir yo lentamente para que tú pudieras seguir viviendo como si nada hubiera ocurrido.”