Lo miré.
—Yo sentí algo parecido cuando leí tus mensajes.
No intentó defenderse.
—Lo sé.
Después preguntó:
—¿Alguna vez te arrepentiste de venderla?
Pensé.
—De venderla, algunas veces.
—¿Y de donar?
—Nunca.
Sus ojos se humedecieron.
—Eso me hace sentir peor.
—No debería.
—¿Por qué?
—Porque no fue un regalo para convertirte en buena persona. Lo que hiciste después con tu vida siempre fue responsabilidad tuya.
Esa probablemente fue la última conversación que necesitábamos tener sobre aquello.
Durante años la gente que conocía nuestra historia se sorprendía por la misma parte.
No por la infidelidad.
No por la casa.
Por el riñón.
—¿Cómo pudiste dárselo después de descubrirlo?
La respuesta nunca cambió.
Porque yo no quería utilizar la posibilidad de salvar una vida como instrumento de venganza.
Otra persona habría tomado una decisión diferente.
Y habría tenido derecho.