Creían que algo siniestro ocurría detrás de la puerta cerrada de aquella habitación.
Pero no tenían la menor idea de lo que doña Remedios y yo escribíamos cada noche a las 9:00.
Y si hubieran sabido la verdad, jamás se habrían atrevido a llamar a la policía.El documento
—Agentes, por favor, escuchen un momento —dijo una voz tranquila detrás de mí.
Doña Remedios había salido al porche apoyada en su bastón, con su viejo bolso de cuero apretado contra el pecho. Su hijo Rodrigo palideció.
—Mamá, vuelve adentro. Este hombre te tiene confundida.
—No estoy confundido, hijo. Nunca he estado más lúcido.
Abró el bolso y sacó una carpeta con varios sobres. De uno de ellos extrajo un documento con sellos y firmas, y se lo entregó al agente de más edad.
—Es una escritura notarial —explicó—. Hace dos meses revoqué la donación que firmé a favor de mi hijo y de mi nuera. Con ella, la casa vuelve a ser mía. Aquí está también el certificado de un médico que confirma que estoy en pleno uso de mis facultades. Y aquí, una declaración firmada ante notario de que vivo con este joven por voluntad propia. El agente leyó con atención. Rodrigo intentó decir algo, pero la voz no le salió.
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