Todavía estaba jugando al marido. Todavía colocando pequeñas fichas de cuidado como monedas en un frasco.
– Lo prometo.
“Bien. Además, quise decir que puede haber una gran transferencia saliendo de la cuenta conjunta. Está relacionado con la reubicación de Zúrich”.
Se me abrieron los ojos.
“¿Lo hay?”
“Sí, algo de alojamiento y configuración de impuestos. Es complicado, cosas internacionales. No quería cargarte”.
Su facilidad me asustó más de lo que hubiera tenido el pánico.
“¿Qué tan grande?”
“Todavía no estoy seguro. Unos cientos de miles tal vez, pero es temporal. Reembolsable”.
Caminé hacia la ventana y miré por la calle tranquila.
“Lucas, eso suena como algo que deberíamos discutir”.
“Lo discutimos. ¿Recuerdas? ¿El paquete de reubicación? ¿La reestructuración financiera?”
—No —dije con cuidado. “No recuerdo haber discutido varios cientos de miles de dólares”.
Un silencio.
Sólo duró un segundo, pero escuché el cambio en él.
“Anne”, dijo, paciente ahora, “hablamos de esto la semana pasada”.
– No, no lo hicimos.
“Tal vez estabas abrumado”.
Ahí estaba.
El cambio.
La gentileza se convierte en corrección.
La memoria se vuelve negociable.
– Tal vez -dije-.
“Yo también envié algunos documentos. Tú los firmaste”.
Mi corazón latió una vez, duro.
“¿Qué documentos?”
“Sólo autorizaciones. Nada serio. El contador tiene copias”.
La advertencia de Miriam hizo eco en mi mente.
“¿Puedes enviármelos?”
Una débil risa. “¿En este momento? Estoy viajando”.
– Cuando puedas.
“Por supuesto”.
Otra pausa.
“¿Pasa algo?”
Miré mi reflejo en la ventana. Cara pálida. Ojos oscuros. Una mujer aprendiendo, en tiempo real, cómo no revelarse.
– No -dije-. “Estoy cansado”.
Su voz se calentó de nuevo. “Duerme esta noche. Hablaremos mañana”.
– Está bien.
– Te quiero.
Forcé las palabras.
“Yo también te quiero”.