Bruno parecía el tipo de joven que cualquier padre recibiría con gusto: alto, educado, de voz suave. Iba disfrazado de payaso aterrador, con un maquillaje exagerado y unos pantalones ridículos que le daban un aire gracioso e inquietante. Me contó que estudiaba informática, habló de fútbol y de ciclismo y contó anécdotas de las mascotas de su infancia. Al final de la noche ya había decidido que me caía bien y le di mi bendición.
De vuelta en casa, donde los dos pasarían la noche antes de regresar al campus, le ofrecí mi agua micelar y unos algodones para quitarse el maquillaje. Bruno se limpiaba la frente con torpeza mientras Camila se ponía el pijama en su cuarto. Estábamos solos, y de pronto me di cuenta de algo: en cuatro meses jamás le había visto bien la cara. Habían llegado ya disfrazados, y las fotos que mi hija me enviaba eran de espaldas, borrosas o con besos de por medio.
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