—Mi papá dice que me sostuvo todo el tiempo —bromeó Lucas—. Pero yo lo logré solo.
Andrés se rió.
—Yo solo sujeté el asiento.
Por primera vez en décadas nos sentamos a compartir recuerdos. Aún quedaban preguntas dolorosas, rencores sin resolver y años que nadie podría devolvernos. Pero por fin podíamos hablar con sinceridad.
Había perdido treinta y un años junto a mi hijo por culpa del miedo, de las mentiras y de las decisiones de quienes creían saber qué era lo mejor para nosotros. No podía cambiar el pasado, pero sí elegir lo que vendría. Mirando a Lucas entendí que encontrarlo no era el final de nuestra historia, sino el comienzo de otra. Y esta vez la íbamos a construir juntos, una conversación a la vez.
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