—Lo tejí antes de que nacieras. Soy malísima tejiendo, pero lo hice porque te quería.
—¿Lo guardaste todos estos años? —preguntó.
Asentí con lágrimas en las mejillas. Poco después alguien tocó a la puerta. Lucas la abrió y entró un hombre mayor. Era Andrés.
—¿Por qué te fuiste? —grité casi sin voz—. ¿Por qué no volviste por nosotros?
Me explicó que sus padres lo habían mudado a otra ciudad apenas supieron del embarazo. Le dijeron que yo consideraba al bebé un error y que no quería saber nada más. Cuando regresó a buscarme, mis padres le mostraron los papeles firmados y lo convencieron de que yo había cambiado de opinión. «Estaba herido y asustado —reconoció—. Les creí y dejé que esa idea me alejara demasiado tiempo. Debí volver y averiguar la verdad por mi cuenta».
Estaba furiosa. Mis padres nos habían manipulado a los dos, pero también Andrés había elegido no seguir buscando. Llevaba treinta y un años llorando por un hijo que creía perdido, y mientras tanto ellos vivían convencidos de que yo los había rechazado.
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