—Quiero ayudar —dijo.
—Puedes pagar la mejor operación del mundo, Alejandro, pero eso no te convierte automáticamente en su papá.
—Lo sé.
—No, todavía no lo sabes. Ser padre es estar aquí cuando tiene miedo, aprender el nombre de sus medicamentos, reconocer cuándo no puede respirar bien y sentarse a su lado aunque tengas algo más importante que hacer.
Alejandro recordó la noche de la tormenta. Lucía le había pedido una sola vez que eligiera quedarse y él había preferido una reunión.
Su éxito había comenzado exactamente en el momento en que perdió lo más importante.
Durante las semanas siguientes no regresó inmediatamente a su vida de lujo. Alquiló una habitación en un pequeño hotel cercano y comenzó a visitar a Mateo.
Al principio, el niño apenas le hablaba. Alejandro le llevaba juguetes costosos, pero Mateo prefería mostrarle sus dibujos. Una tarde le pidió que reparara la cadena de su bicicleta.
Alejandro no sabía cómo hacerlo.
Se sentó en el suelo, buscó un tutorial en su teléfono y pasó casi dos horas intentándolo. Cuando finalmente consiguió colocar la cadena, Mateo sonrió.
—Mamá dijo que tú pagas a otras personas para arreglarlo todo.
—Tu mamá tiene razón.
—Entonces, ¿por qué arreglaste esto tú?
Alejandro lo miró.
—Porque debía aprender a hacer algo por ti con mis propias manos.
Poco a poco, Mateo comenzó a confiar en él. Le permitió acompañarlo a las consultas y sentarse a su lado durante los análisis. Alejandro aprendió a identificar sus medicamentos, a contar sus respiraciones y a reconocer cuándo estaba cansado.
También comenzó a entender la vida que Lucía había llevado.
Ella no vivía en aquella casa porque fuera incapaz de salir adelante. Vivía allí porque había dedicado todos sus recursos, su tiempo y su fuerza a proteger al hijo que ambos habían tenido.