Ella no se limitó a ayudar; quiso a Leo con una ternura constante, como si fuera su propio nieto. A veces llegaba con una cazuela caliente, otras con palabras justas en el instante exacto. Su presencia le dio a nuestra casa una estabilidad que yo ya no sabía cómo construir por mi cuenta.
Hay personas que no hacen ruido al llegar, pero cambian una familia para siempre.
Con el tiempo, Leo aprendió a confiar en el ritmo de nuestra vida. Yo aprendí a no hablar de Goldi delante de él, no por mentira, sino por protección. No quería sembrar en mi hijo una tristeza que aún yo mismo no sabía ordenar.
Dieciocho años de preguntas sin responder
Pasaron los años. Leo creció con esa mezcla de sensibilidad, humor y determinación que tanto lo define. Su cumpleaños número dieciocho llegó con una cena casera, un pastel sencillo y demasiadas velas, como él mismo bromeó al ver la mesa preparada. No hacía falta una fiesta enorme; bastaba con que estuviéramos los tres.
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