Entonces tomó un estuche de terciopelo.
Mi estómago se contrajo.
Dentro estaba el brazalete de diamantes de mi madre.
Ella lo había usado el día en que me entregó formalmente el 68% de las acciones de Grupo Santillán.
Daniel siempre se burlaba de aquella joya.
—Una reliquia ridículamente cara.
Esa noche la guardó en el bolsillo de su saco.
A las 2:37 escuché cerrarse la puerta.
Esperé 10 minutos.
Después me senté.
Me temblaban las manos.
No porque estuviera indefensa.
Sino porque todas las sospechas que había intentado racionalizar durante meses acababan de convertirse en hechos.
Daniel llevaba años tratándome como si yo fuera parte de la decoración de nuestra casa en San Pedro Garza García.
Su esposa tranquila.
La que no discutía.
La que, según él, era demasiado sensible para los negocios.
Lo que Daniel convenientemente olvidaba era que antes de casarme con él había trabajado durante 12 años revisando operaciones financieras irregulares para mi madre.
3 semanas atrás encontré una autorización con mi firma.
Solo había un problema.
Yo nunca la había firmado.
Después apareció otra.
Luego una cuenta de proveedor que no reconocía.
Y finalmente varios pagos relacionados con una mujer.
Camila Robles.
La “consultora estratégica” de Daniel.
Para cuando él creyó que apenas empezaba a sospechar, yo ya había hablado con nuestro abogado corporativo, con el área de prevención de fraude del banco y con 2 miembros independientes del consejo.
Nunca confronté a Daniel.
No quería sus explicaciones.
Quería pruebas.
Antes del amanecer fotografié la caja fuerte abierta, los documentos desaparecidos y cada cajón que él había tocado.
Después envié todo a la cuenta segura que nuestro abogado había preparado.