
Mientras eso ocurría, algunos compañeros la observaban desde lejos e intercambiaban miradas como si pensaran que estaba perdiendo el tiempo. Sin embargo, la asesora nunca cambió su actitud. Cuando el supuesto cliente le dijo que necesitaba pensarlo antes de tomar una decisión, ella simplemente respondió que una compra tan importante debía hacerse con calma y que estaría encantada de atenderlo cuando regresara. Esa respuesta confirmó todo lo que el empresario necesitaba saber.
Al día siguiente volvió a la tienda con su aspecto habitual. Vestía un elegante traje, llevaba un reloj de lujo y llegó en un automóvil que todos reconocían. Apenas cruzó la puerta, los empleados lo recibieron con entusiasmo. Después de saludarlos, pidió que todos se reunieran durante unos minutos. Entonces reveló que el humilde cliente del día anterior había sido él mismo. El silencio se apoderó del lugar. Algunos vendedores bajaron la mirada al comprender que habían sido evaluados sin saberlo.