El dueño de una relojería de lujo se hizo pasar por cliente humilde y descubrió el verdadero valor de sus empleados

Pasaron varios minutos antes de que un vendedor respondiera a sus preguntas, pero la atención fue rápida, fría y poco interesada. Apenas respondió lo indispensable y enseguida se dirigió a atender a otros clientes que lucían mejor vestidos.

Lejos de marcharse, decidió acercarse a otra empleada. Desde el primer momento la diferencia fue evidente. La joven lo saludó con una sonrisa, le preguntó qué tipo de reloj buscaba y comenzó a explicarle con paciencia las características de distintos modelos. Nunca hizo comentarios sobre su apariencia ni dio por hecho que no podía comprar. Al contrario, respondió cada una de sus preguntas con profesionalismo y dedicación.

Incluso cuando él pidió observar uno de los relojes más exclusivos y costosos de la tienda, ella abrió la vitrina de seguridad sin mostrar la menor duda, utilizó los guantes correspondientes y presentó la pieza con el mismo cuidado que habría tenido con cualquier cliente millonario.

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