El heredero de la infamia

Camila tenía veintiséis años, ojos almendrados y una dulzura fingida que utilizaba para manipular a los directores de área.

Cada vez que entraba a mi oficina con carpetas de firmas, su perfume a flores blancas, penetrante y dulzón, saturaba el ambiente.—Licenciada Mariana, aquí están las autorizaciones de compra de reactivos para el laboratorio tres —dijo una tarde, inclinándose sobre mi escritorio de nogal.

Su mano izquierda, deliberadamente colocada sobre el borde del escritorio, lucía una pulsera de oro blanco con incrustaciones de zafiros.

Un diseño exclusivo de una joyería de Polanco.

Yo conocí esa alegría a la perfección.

Había visto la factura original en el correo de facturación general de Sebastián un mes atrás, catalogada como «gastos de representación protocolaria».

Tragué saliva lentamente, sintiendo el ardor de la hiel en la garganta.

—Gracias, Camila —dije, firmando el documento sin levantar la mirada del papel—. ¿Cómo va ese embarazo? Te ves un poco fatigada últimamente.

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