Para ejecutar una salida limpia y devastadora, se necesitaban tres elementos indispensables:
Primero: liquidez absoluta fuera de la jurisdicción nacional.
Segundo: transferir la custodia de las patentes clave de biotecnología a una sociedad titular con sede en Suiza, donde las leyes de propiedad intelectual impiden medidas cautelares expeditas dictadas por tribunales extranjeros. Tercero: la prueba científica e incontrovertible que desenmascarara la farsa de Camila y destruyera el orgullo patriarcal de Sebastián en el momento de mayor vulnerabilidad.
Para el segundo objetivo, utilicé mi puesto como Directora de Desarrollo e Investigación.
Durante siete años, las fórmulas magistrales y las cadenas de síntesis molecular habían sido desarrolladas exclusivamente por mi equipo de científicos de confianza.
Convocé a una reunión extraordinaria con el jefe de patentes de la compañía, el doctor Armenta, un hombre íntegro de casi sesenta años que había sido mi mentor en la universidad.
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