El personal médico preparó la camilla para trasladarla al quirófano. María buscó desesperadamente la mano de su hija. «Laura, perdóname», alcanzó a decir. Laura seguía profundamente herida, pero en ese instante comprendió que su madre podía morir antes de que ambas tuvieran la oportunidad de hablar. Recogió el gorrito azul del suelo, se acercó y le sostuvo la mano. «Ve con los médicos», respondió. «Lo demás lo hablaremos cuando despiertes».

La cirugía duró varias horas. La placenta estaba adherida a una zona extremadamente delicada y retirarla sin provocar una hemorragia mortal fue una tarea complicada. María perdió mucha sangre y necesitó varias transfusiones. Durante algunos momentos, los médicos temieron no poder salvarla. Finalmente lograron controlar el sangrado y estabilizarla. El embarazo, sin embargo, no podía continuar.
Cuando María abrió los ojos, la habitación estaba casi a oscuras. Sintió un dolor profundo en el abdomen y, por reflejo, llevó una mano hacia el lugar donde durante meses había sentido crecer su esperanza. Ya no había nada. Laura estaba sentada junto a la cama, agotada y con los ojos hinchados. Sobre la mesa se encontraba el gorrito azul. Durante varios minutos ninguna de las dos habló.