Aquellas palabras golpearon a María con más fuerza que cualquier acusación. Durante meses se había repetido que todo lo hacía por amor, pero en el fondo sabía que también había actuado por miedo. Miedo a envejecer sola, miedo a morir sin que nadie estuviera a su lado y miedo a aceptar que su hija tenía una vida que ya no giraba alrededor de ella. Antes de que pudiera responder, un dolor insoportable atravesó su abdomen.

María soltó un grito, perdió el color del rostro y la bolsa cayó al suelo. Los pañales, los biberones y la manta se dispersaron por la habitación. El gorrito azul rodó hasta los pies de Laura. Los monitores comenzaron a emitir sonidos de alarma. La presión arterial de María estaba cayendo rápidamente. La hemorragia interna había empeorado y ya no había tiempo para continuar discutiendo.