El médico se sorprendió. Hasta ese momento había pensado que Laura ignoraba completamente el embarazo. «¿Su hija sabe lo que usted hizo?», preguntó. María apartó la mirada hacia la puerta y no respondió.

En ese preciso momento, la puerta se abrió con violencia. Una mujer de unos treinta y cinco años entró en la sala, pálida, despeinada y casi sin aliento. Todavía llevaba una maleta pequeña y sostenía en la mano un boleto de avión arrugado. Era Laura. Había volado durante horas después de descubrir unos documentos que su madre había escondido en un cajón.
Al ver la pantalla apagada y la bolsa de pañales entre los brazos de María, la rabia que había contenido durante todo el viaje apareció de golpe. «Mamá», dijo con la voz temblorosa. «Cuéntale al doctor de dónde salió realmente ese embrión». El doctor Parker miró a ambas mujeres, sin comprender. María bajó la cabeza. Laura se acercó y explicó que, años antes, ella y su esposo Daniel habían iniciado un tratamiento de fertilidad.