Parecía completamente desorientado.
Mauricio se sentó en el suelo a varios pasos de él.
No intentó tocarlo.
Esperó.
Había aprendido durante sus años de trabajo que una persona asustada muchas veces necesitaba primero sentir que alguien estaba dispuesto a quedarse.
Pasaron varios minutos.
Finalmente, el niño susurró:
—No sé dónde está mi mamá.
Mauricio sintió un dolor extraño en el pecho.
—Está bien. Vamos a encontrarla.
El niño negó con la cabeza.
—Me perdí.
Poco a poco consiguió contarle lo sucedido.
Había estado con su familia en una celebración llena de gente. En algún momento se separó de ellos.
Intentó regresar al sitio donde los había visto por última vez.
Se confundió de calles.
Caminó durante horas.
Un conductor se detuvo al verlo solo y quiso ayudar, pero el niño, asustado, corrió.
Había terminado cerca de la estación sin entender siquiera cómo había llegado hasta allí.
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