Por las mañanas caminaba durante horas. Separaba cartón.
Juntaba plástico.
Recogía latas.
Con lo que obtenía compraba comida sencilla y guardaba unas monedas para asearse en un baño público o lavar su ropa.
No siempre había vivido así.
Hace muchos años, Mauricio había trabajado como paramédico.
Era de esos hombres que podían escuchar un grito en mitad de una calle y correr hacia él mientras todos los demás se apartaban.
Había atendido accidentes, caídas, incendios domésticos y emergencias que prefería no recordar.
Durante casi veinte años, su trabajo había sido llegar cuando alguien estaba viviendo el peor momento de su vida.
Y durante casi veinte años había creído que podía soportarlo todo.
Hasta que el peor momento llegó a su propia casa.
Su esposa, Laura, y su hija de siete años, Camila, murieron en un accidente carretero mientras regresaban de visitar a unos familiares.
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