—Ese colgante era de mi hijo.
En menos de un minuto, el pequeño círculo de curiosos se convirtió en una multitud.
Mauricio conocía demasiado bien aquellas miradas.
Desconfianza.
Rechazo.
Sospecha.
Un hombre murmuró que debían llamar a la policía.
Otra mujer preguntó en voz alta si Mauricio lo había robado.
Alguien comenzó a grabar más cerca.
Mauricio no respondió.
Solo presionó la correa del costal que llevaba sobre el hombro.
Se llamaba Mauricio Salgado y tenía cincuenta y seis años.
Para la mayoría de las personas que pasaban por aquella zona, él era simplemente “el hombre de las botellas”.
Dormía desde hacía meses en un pequeño albergue cuando había espacio. Las noches en que no seguía lugar, buscaba un rincón seguro bajo el techo o aceptaba dormir en la bodega de un conocido que le permitía entrar de vez en cuando.
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