Las lágrimas empezaron a correr por las mejillas de Esteban. —Yo sabía que el negocio deltransporte era un riesgo. También vi los estados de cuenta en tu oficina cuando buscabas un documento el mes pasado. Supe que las cosasiban mal. Siempre me dijiste que lo más importante era que Mateo y Alma tuvieran un techo. Así que ahorré cada peso. Compré esta casa hace seis meses, cuando supe que el banco te iba a ejecutar la hipoteca. Quería que fuera una sorpresa para cuando todo pasara.
El silencio en el auto era absoluto, solo roto por el llanto de mi esposa.
Sofía miró la libreta. Vio los registros de cada peso ahorrado, cada sacrificio nocturno de un hombre al que ella había llamado “criminal”, al que había negado la entrada a la sala, al que había mirado con asco.
En ese mismo instante, Sofía sintió una profunda vergüenza de su propia conciencia. Se llevó las manos a la boca, se inclinó hacia el asiento trasero,abrazó a Esteban por el cuello y se rompió en un llanto desgarrador. —Perdóname… perdóname, Esteban. Te juzgué por tu pasado, pero tú eresel único que nos ha salvado el futuro. Eres un santo… eres mi hermano.