El Peso de la Sangre: El Secreto que mi Hermano Guardó Tras las Rejas

— ¿Qué hacemos aquí? —preguntó Sofía, molesta—. ¿Viniste a burlarte de nosotros?

Esteban apagó el motor, se giró hacia nosotros y sacó una carpeta desgastada de su mochila. Me la entrego. —Ábrela, hermano.

Con manos temblorosas, abre la carpeta. Adentro había escrituras,documentos notariados y una libreta de ahorros. Al leer el primer documento, sentí que el aire me faltaba. Me quedé paralizado.

La casa estaba a nombrede Sofía y mía. Estaba completamente pagada.

—¿Cómo…? —logré articular, con la voz quebrada.

Esteban sonriendo con tristeza y abrió la libreta de ahorros. —Durante estos quince años en prisión, aprendí a reparar motores con los viejos del pabellón. Cuando salí y me diste trabajo, me pagabas un sueldo justo. Pero tú, Diego, siempre me dabas bonos extras, dinero para “que me comprara ropa nueva” o “que me diera un gusto”. Nunca gasté ese dinero. Además, los fines de semana, cuando ustedes iban a la iglesia oa visitar a tu suegra, yo iba a un taller mecánico en la central de autobuses. Trabajaba en la noche arreglando motores diésel.

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