El Peso de la Sangre: El Secreto que mi Hermano Guardó Tras las Rejas

Entonces, Esteban entró. Llevaba puesta su mejor camisa, la que le había comprado para la boda de mi hermana Mariela (a la cual no lo invitamos). Se acercó a mí, dejó las llaves de la camioneta sobre la mesa y dijo con voz firme: —Diego, Sofía… suban al auto. Los llevaré a un lugar.

Sofía lo miró con desprecio, apunto de negarse, pero la mirada de Esteban era tan serena y autoritaria que no pudo oponerse. Subimos en silencio. Mis hijos se habían quedado con lamadre de Sofía por el fin de semana, así que estábamos solos.

Esteban condujo durante casi una hora, saliendo de la ciudad, hacia un pueblo tranquilo en las afueras de Guadalajara. Yo estaba confundida. Sofía miraba por la ventana con los brazos cruzados, murmurando que estábamos perdiendo el tiempo.

Finalmente, Esteban se detuvo frente a una casa modesta, pero hermosa. Tenía un pequeño jardín, un portón de madera bien cuidado y un patio trasero donde se veía un huerto con tomates y cilantro.

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