Siempre llevaba el mismo maletín de cuero café.
Estaba gastado en las esquinas.
La agarradera tenía una pequeña reparación hecha con hilo oscuro.
Roberto lo colocaba cuidadosamente junto a su silla.
Nunca lo perdía de vista.
Las excusas cambiaban.
Una noche decía:
—Tengo que hablar con un cliente que vive en otro país.
Otra:
—Un vecino necesita que lo ayude con una reparación.
Y otra:
—Quedé de recibir a una persona en mi casa.
Mi madre aceptaba todas sus explicaciones.
Yo no.
Una tarde le pregunté:
—Mamá, ¿no te parece raro?
Ella levantó la mirada de sus plantas.
—¿Qué cosa?
—Que Roberto siempre tenga algo que hacer exactamente a la misma hora.
Suspiró.
—Es un hombre ocupado,
PARTE3