También trataba muy bien a Camila.
Le preguntaba por la escuela.
Escuchaba sus historias.
Y cuando supo que quería estudiar medicina, le regaló un libro ilustrado sobre el cuerpo humano.
—Para la futura doctora de la familia —le dijo.
Camila quedó encantada.
Parecía que mi madre había encontrado a un hombre maravilloso.
Pero había algo que no lograba comprender.
Roberto jamás se quedaba después de las siete y media.
Al principio no le dimos importancia.
Todos tenemos responsabilidades.
Quizá le gustaba dormir temprano.
Quizá tenía alguna rutina.
Pero después comenzó a resultar extraño.
Cada domingo venía a cenar.
Llegaba a las cinco y media.
Conversaba tranquilamente.
Ayudaba a poner la mesa.
Y a las siete en punto comenzaba a mirar su reloj.
A las siete y veinte ya estaba recogiendo sus cosas.
Y a las siete y veinticinco se despedía.