Compró un perfume nuevo.
Se arreglaba el cabello antes de salir.
Y una tarde apareció en mi casa con un vestido rojo que jamás se habría atrevido a comprar durante sus años de viudez.
—¿Cómo me veo? —preguntó.
Camila levantó la mirada de su cuaderno.
—¡Abuelita, pareces artista de televisión!
Mi madre soltó una carcajada.
Yo sentí un nudo en la garganta.
Hacía mucho tiempo que no la veía tan feliz.
Cuando conocimos a Roberto, me cayó bien.
No era presumido.
No hablaba demasiado de sí mismo.
Y nunca intentó ocupar el lugar de mi padre.
Se dirigía a mi madre con una ternura que me conmovía.
Si ella se levantaba de la mesa, él apartaba suavemente la silla.
Si hacía frío, le acercaba su suéter.
Una vez descubrió que el barandal del porche estaba flojo y regresó al día siguiente con herramientas para repararlo.