Tenía cincuenta y siete años.
Era alto, de cabello entrecano y una sonrisa tranquila.
Sabía muchísimo sobre rosales.
Y, según mi madre, tenía una paciencia extraordinaria para escuchar.
La primera vez que ella me habló de él, fingió indiferencia.
—Conocí a un señor muy amable en el grupo de jardinería.
—¿Ah, sí? —pregunté.
—Sí. Me ayudó a cargar unas macetas.
—Qué atento.
—También me explicó cómo salvar mi bugambilia.
La miré.
—Mamá, ¿cómo se llama?
Se sonrojó.
Mi madre, a sus setenta y dos años, se sonrojó como una muchacha.
—Roberto.
No pude evitar sonreír.
Dos semanas después, Roberto la invitó a tomar café.
Al mes siguiente comenzaron a salir juntos.
Y poco a poco vi regresar a la mujer que había conocido antes de la muerte de mi padre.
Mi madre volvió a pintarse los labios.