Entonces Natalia, mi hija, llegó con los cafés.
—¿Qué pasó?
—Nada —repitió Daniel.
Yo respondí:
—Después te cuento.
Pensé que ahí terminaría.
No.
Porque aquel asiento resultó ser solamente el primero de varios pequeños descubrimientos.
Subimos al avión.
Teresa se sentó en su asiento original.
Yo en el mío.
Laura apenas habló durante las primeras horas.
Daniel intentó hacer conversación.
Yo respondía normalmente.
No quería comenzar las vacaciones con una guerra.
Llegamos a Madrid.
Recogimos equipaje.
Fuimos al apartamento.
Era precioso.
Había cuatro habitaciones.
Una principal con baño privado.
Una segunda casi igual de grande.
Dos más pequeñas.
Desde el momento en que entramos, mis nietos corrieron a elegir camas.
Yo ya había decidido quién dormiría dónde.
No porque quisiera controlar.
Simplemente había hecho la reserva.
La habitación principal sería mía.
Había pagado el viaje como regalo de cumpleaños para mí misma y para compartirlo con la familia.
Daniel y Laura ocuparían la segunda.
Natalia una de las pequeñas.
Los niños compartirían la otra.
Habíamos añadido una cama cómoda para Teresa en un pequeño estudio independiente conectado al apartamento.
Todo estaba solucionado.
O eso pensaba.
Mientras colocaba mi maleta en la habitación principal escuché a Laura.
—Mamá, deja las cosas aquí.
Entró con Teresa.
En mi habitación.
—¿Qué haces? —pregunté.
Laura sonrió.
La misma sonrisa del aeropuerto.
Ya comenzaba a reconocerla.
—Pensamos que mamá debería quedarse aquí porque tiene baño privado.
La miré.