Me detuve.
—Laura, yo no armé este problema.
La empleada de la aerolínea revisó la reserva.
Me explicó que la selección de asientos había sido modificada desde la reserva.
No habían transferido mi billete ni nada parecido.
Seguía teniendo mi plaza en el vuelo.
Simplemente habían cambiado las asignaciones.
—¿Se puede devolver mi asiento original?
La mujer escribió unos segundos.
—Todavía sí.
Laura habló inmediatamente:
—Pero mi mamá…
La empleada la miró.
—Necesito hablar con la pasajera cuyo asiento fue modificado.
Tuve que contener una sonrisa.
—Quiero mi asiento.
Lo recuperó.
12C.
Laura quedó seria.
—¿Entonces qué hacemos con mi mamá?
Respondí:
—Lo mismo que iban a hacer conmigo. Ella utiliza el asiento que compró.
—Está atrás.
—También estaba atrás el que ustedes me dieron.
—Pero mamá tiene sesenta y cinco años.
La miré.
—Laura, tengo sesenta y ocho.
Abrió la boca.
No salió nada.
Entonces ocurrió algo que no esperaba.
Teresa apareció.
—¿Qué está pasando?
Laura respondió rápidamente:
—Nada.
Pero yo estaba cansada de “nada”.
—Tu hija y mi hijo cambiaron mi asiento para darte el mío sin preguntarme.
Teresa miró a Laura.
—¿Qué?
—Mamá, queríamos que estuvieras conmigo.
—¿Ese asiento era de Carmen?
—Sí, pero…
La expresión de Teresa cambió completamente.
—Devuélveselo.
—Ya lo hice —respondí.
Teresa parecía mortificada.
—Carmen, te juro que no sabía.
—Te creo.
—Pensé que me habían cambiado porque había preguntado si existía alguna posibilidad.
Miró a su hija.
—¿Cómo se te ocurre?
Laura comenzó a defenderse.
—Mamá, quería que viajaras cómoda.
—¿Quitándole comodidad a la mujer que me está dando alojamiento gratis?
Agradecí internamente aquella frase.
Porque por primera vez alguien había dicho lo evidente.
Daniel volvió a mirar el teléfono.