Miré hacia mi hijo.
Estaba sentado a unos metros.
—¿Daniel?
Él levantó la cabeza.
—Mamá, no es para tanto.
Esa frase hizo más daño que el cambio.
—Yo no he dicho todavía cuánto es.
Se levantó.
—Teresa se pone muy nerviosa viajando.
Teresa estaba hablando tranquilamente con mis nietos.
—Entonces podían comprarle un asiento mejor.
—Ya no quedaban juntos.
—¿Juntos con quién?
—Con Laura.
Finalmente entendí.
Laura tenía el 12B.
Habían colocado a su madre en mi 12C para que ambas viajaran juntas.
Yo iría sola al fondo.
—¿Y por qué no te cambiaste tú? —pregunté a Daniel.
Silencio.
Su asiento era el 13C.
También pasillo.
—Porque los niños están cerca de mí.
—Natalia también está con ellos.
—Mamá…
—¿Por qué mi asiento era el único disponible para sacrificar?
Laura intervino:
—No lo mires así.
—¿Cómo quieres que lo mire?
—Solo queremos que mamá esté tranquila.
—Yo también soy mamá.
Nadie respondió.
No levanté la voz.
Creo que esperaban precisamente eso.
Una escena.
Una señora mayor enfadándose en medio del aeropuerto.
Entonces ellos podrían decir:
“Estás exagerando.”
Pero no les di esa oportunidad.
Pregunté:
—¿Dónde está Teresa?
Laura empezó a ponerse nerviosa.
—No la metas en esto. Ella no sabe que…
Ahí apareció algo importante.
—¿No sabe qué?
Laura guardó silencio.
—¿Teresa sabe que ese asiento era mío?
—Pensó que la aerolínea la había movido.
Miré a mi hijo.
—Entonces ustedes también le mintieron a ella.
Daniel suspiró.
—No es una mentira.
—¿Qué le dijeron?
No respondió.
Eso era suficiente.
Fui directamente al mostrador.
Laura me siguió.
—Carmen, ¿qué vas a hacer?
—Preguntar qué ocurrió con un asiento que yo pagué.
—Por favor, no armes un problema.