Había espacio.
Incluso dije que Teresa no necesitaba pagar alojamiento.
Laura estaba encantada.
—Eres la mejor suegra.
Dos semanas después esa frase me parecía bastante irónica.
Cuando compré los billetes había pagado un suplemento para elegir buenos asientos.
No viajábamos en primera clase.
Ni siquiera en ejecutiva.
Pero compré una categoría con algo más de espacio para las piernas porque el vuelo era largo.
Mi asiento era el 12C.
Pasillo.
Lo elegí deliberadamente.
No tengo ningún problema grave de movilidad, pero a mi edad prefiero levantarme varias veces durante vuelos largos sin tener que despertar a dos desconocidos.
Daniel tenía acceso a las reservas porque yo se las había enviado.
Pensé que podía resultar útil si había cambios.
No imaginé que lo utilizarían para hacer uno sin preguntarme.
En el aeropuerto todo parecía normal.
Facturamos equipaje.
Los niños estaban emocionados.
Natalia compró café.
Teresa llegó agradeciéndome una y otra vez por permitirle quedarse en el apartamento.
—Carmen, esto es demasiado generoso.
—Donde comen seis, comen siete.
—Pero tú pagaste todo.
Laura interrumpió:
—Mamá, ya hablamos de esto.
No le presté atención.
Fue después, cerca de la puerta de embarque, cuando Laura me llamó aparte.
—Carmen.
—¿Sí?
—Te cambiamos de asiento.
Pensé que había escuchado mal.
—¿Qué?
—Ayer llamamos porque mamá quedó en un asiento muy incómodo.
—¿Y?
—Le dimos el tuyo.
Seguía esperando la parte donde aquello tuviera sentido.
—¿Cómo que mi asiento?
—El 12C.
—¿Y dónde estoy yo?
Me mostró la tarjeta de embarque actualizada.
38E.
Asiento central.
Prácticamente al final del avión.
Miré la pantalla.
Después a ella.
—¿Quién autorizó esto?
Laura cambió ligeramente el tono.
—Daniel habló con la aerolínea.