Llegamos a Madrid.
Recogimos equipaje.
Fuimos al apartamento.
Era precioso.
Había cuatro habitaciones.
Una principal con baño privado.
Una segunda casi igual de grande.
Dos más pequeñas.
Desde el momento en que entramos, mis nietos corrieron a elegir camas.
Yo ya había decidido quién dormiría dónde.
No porque quisiera controlar.
Simplemente había hecho la reserva.
La habitación principal sería mía.
Había pagado el viaje como regalo de cumpleaños para mí misma y para compartirlo con la familia.
Daniel y Laura ocuparían la segunda.
Natalia una de las pequeñas.
Los niños compartirían la otra.
Habíamos añadido una cama cómoda para Teresa en un pequeño estudio independiente conectado al apartamento.
Todo estaba solucionado.
O eso pensaba.
Mientras colocaba mi maleta en la habitación principal escuché a Laura.
—Mamá, deja las cosas aquí.