e llamo Clara Jensen, y la noche en que mi vida se partió en dos tenía treinta y cuatro años. Si alguien me hubiera dicho una semana antes que, al amanecer, sería prácticamente una mujer libre, me habría reído.
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Ethan y yo no vivíamos como protagonistas de una novela romántica. Más bien éramos una pareja que llevaba demasiado tiempo siendo “cómoda”. Teníamos una casa ordenada en las afueras de Chicago, un césped perfecto, un calendario lleno de recordatorios y costumbres que parecían una obra ensayada demasiadas veces. Desde fuera, nuestro matrimonio parecía estable. Desde dentro, casi también.