—Eso no es cierto.
—¿De verdad?
Lo miré.
—¿Cuántas veces me has preguntado si quiero algo antes de decidir qué es “más fácil para mamá”?
Daniel no respondió.
Entonces le conté algo que nunca había dicho.
Meses antes había considerado vender mi casa.
Era demasiado grande.
Quería comprar algo pequeño y utilizar parte del dinero para viajar.
No había contado nada porque sabía exactamente qué ocurriría.
Daniel diría:
—No vendas todavía.
Natalia preguntaría:
—¿Y las cosas de papá?
Los nietos protestarían porque aquella era “la casa de la abuela”.
Todo el mundo tendría una opinión sobre el lugar donde yo debía vivir.
—¿Vas a venderla? —preguntó.
Sonreí.
—¿Ves?
—¿Qué?
—Ni siquiera preguntaste por qué quiero hacerlo.
Se quedó callado.
Después se rio tristemente.
—Tienes razón.
—Lo sé.
—Te pareces demasiado a papá cuando dices eso.