—Al principio, tu hermano sí utilizaba parte del dinero que enviabas. Compraba mis medicinas y pagaba algunas cuentas. Pero después comenzó a decirnos que estabas teniendo problemas en España.
Daniela frunció el ceño.
—¿Qué problemas?
—Decía que habías perdido tu trabajo.
—¡Eso es mentira!
—Ahora lo sabemos —dijo su padre—. Pero durante años confiamos en él.
Daniela sacó su teléfono.
—Yo jamás perdí mi trabajo. Nunca dejé de enviar dinero.
Su madre comenzó a llorar.