La niña pintó la cara del millonario dormido y terminó descubriendo al verdadero ladrón de la mansión

Laura casi se atragantó.

—¡Alma!

Yo debí enfadarme.

En cambio, me reí.

Poco a poco comencé a tolerarla.

Después a esperarla.

La niña dibujaba constantemente.

Animales.

Casas.

Personas.

Un día hizo un retrato mío.

Parecía un anciano enfadado con cejas enormes.

—¿Así me ves?

—Sí.

—Parezco terrible.

—Entonces sonreía más.

Guardé el dibujo.

Nunca se lo dije.

La tarde del robo yo había regresado de una reunión agotado.

Tomé un medicamento para el dolor de espalda y me senté en el sillón de la biblioteca.

Recuerdo abrir un libro.

Después nada.

Alma estaba en la casa.

Laura limpiaba el piso superior.

La niña había recibido un pequeño juego de pinturas faciales para una actividad escolar.

Aparentemente me vio dormido.

Y tomó una decisión que solo puede parecer razonable cuando tienes nueve años.

Convertirme en gato.

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