La niña pintó la cara del millonario dormido y terminó descubriendo al verdadero ladrón de la mansión

Y madre soltera.

Su hija se llamaba Alma.

La niña aparecía algunas tardes porque Laura no siempre conseguía con quién dejarla después de la escuela.

Al principio me molestó.

—Esta no es una guardería —le dije a Laura.

Ella bajó la mirada.

—Lo sé, señor Ricardo. Solo será algunos días.

—Hay objetos caros aquí.

—Alma sabe comportarse.

En ese preciso momento escuchamos algo caer en el pasillo.

Laura cerró los ojos.

Yo levanté una ceja.

—¿Sabe comportarse?

—La mayoría del tiempo.

Alma apareció sosteniendo un florero.

—No se rompió.

—Todavía —respondí.

La niña no me tenía miedo.

Eso era raro.

Los adultos sí.

Ella no.

—¿Por qué tiene una casa tan grande si vive solo? —me preguntó una vez.

—Porque puedo.

—Eso no es una razón.

—Para los adultos sí.

—Mi mamá dice que cuando alguien responde así es porque no sabe qué decir.

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