El dinero atrae personas.
Algunas buenas.
Otras no tanto.
Después de que murió mi esposa, Isabel, esa desconfianza empeoró.
Ella había sido la persona que equilibraba mi carácter.
Yo desconfiaba.
Ella escuchaba.
Yo despedía.
Ella preguntaba.
Yo sospechaba.
Ella encontraba explicaciones.
Cuando murió de cáncer, la mansión quedó demasiado grande.
Mis dos hijos vivían fuera del país.
Yo continué allí porque venderla me parecía equivalente a aceptar que aquella etapa de mi vida había terminado.
La casa tenía doce habitaciones.
Yo utilizaba cuatro.
El resto estaba lleno de recuerdos.
Entre ellos había un pequeño cofre de Isabel.
No contenía las joyas más caras que habíamos comprado.
Contenía las importantes.
Un collar que perteneció a su madre.
Unos pendientes que usó el día de nuestra boda.
Un broche de esmeraldas que yo le regalé cuando nació nuestra hija.
No valían tanto como otras piezas guardadas en el banco.
Pero para mí eran irreemplazables.
Por eso las tenía en una caja fuerte escondida detrás de una estantería de la biblioteca.
Muy pocas personas conocían su existencia.
Yo.
Mis hijos.
Víctor Salcedo, mi administrador y jefe de confianza.
Y durante los últimos meses, probablemente Laura, la nueva ama de llaves, porque limpiaba aquella habitación.
Laura llegó a trabajar conmigo después de que mi antigua empleada se jubilara.
Tenía treinta y ocho años.
Era eficiente.
Reservada.
Y madre soltera.
Su hija se llamaba Alma.
La niña aparecía algunas tardes porque Laura no siempre conseguía con quién dejarla después de la escuela.
Al principio me molestó.
—Esta no es una guardería —le dije a Laura.
Ella bajó la mirada.
—Lo sé, señor Ricardo. Solo será algunos días.